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Santoña historia escudo de Santoña


En muchos de los abrigos y refugios rocosos abiertos en el Monte Buciero se han localizado yacimientos arqueológicos que testimonian la presencia de grupos humanos en la zona durante el Paleolítico. Ya en época histórica, el sur del peñón acogió un asentamiento romano, más tarde despoblado, que en ocasiones se ha querido identificar como el Portus Victoriae Iuliobrigensium.

Históricamente, el monasterio de Santa María, eje del poblamiento medieval, aparece documentado desde el año 863. Abandonado en el siglo X, hacia 1038 y a instancias del abad Paterno, se reconstruyó el cenobio y en su entorno se fueron estableciendo los distintos barrios, articulados junto a solares y casas fuertes. En 1047 el rey de Navarra García Sánchez III, el de Nájera, otorgó a la población el llamado ‘Privilegio de Santoña’, y el monasterio de Santa María de Puerto se hizo con el control de los cenobios que había en Escalante y de la mayor parte de los centros religiosos situados en la comarca de Trasmiera y el curso Asón. Un siglo más tarde, en 1136, el monasterio de Santa María de Puerto pasó a depender de Santa María la Real de Nájera, en virtud de una donación realizada por el rey Alfonso VII, y la abadía terminó siendo un priorato, perdiendo paulatinamente la preponderancia en la zona. En 1200 Alfonso VIII otorgó el fuero a Laredo, que se hizo con los derechos de descarga y venta de productos que hasta entonces detentaba Santoña.

En 1579 la villa retornó a la jurisdicción real y firmó carta de hermandad con la Merindad de Trasmiera, junto a las villas de Argoños y Escalante. Hasta la desaparición del Antiguo Régimen permaneció vinculada a este distrito administrativo, incluido en el Corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, desde los Reyes Católicos. Durante aquel tiempo Santoña se enfrentó judicialmente en numerosas ocasiones con Laredo para librarse de su jurisdicción marítima. Estos pleitos hicieron que, a comienzos del XVII, la villa acumulara una deuda de 9.000 ducados. A fin de terminar con este lastre, el 31 de octubre 1614 y contando con la opinión favorable de tres cuartos de los vecinos, el territorio de Santoña fue vendido al duque de Lerma, que se comprometió a saldar la deuda. Un siglo más tarde, en 1705, Santoña volvió a ser de realengo tras un pago que le libró de la jurisdicción señorial.

Es de destacar que fue en la Edad Moderna, y en concreto durante el gobierno de Felipe II, cuando se instalaron las primeras baterías armadas con cañones sobre el monte Buciero para prevenir los ataques desde el mar. Las protecciones no impidieron que la plaza fuera asaltada por los franceses capitaneados por el obispo de Burdeos en 1639, una operación que provocó la destrucción de las viejas torres de la localidad. El 12 de junio de 1719, en el marco de la Guerra de Sucesión, se produjo un nuevo ataque francés que abortó el proyecto de trasladar el astillero real de Colindres a Santoña, que contaba con muelles de piedra desde 1654.

Durante la Guerra de Independencia la plaza fue tomada en 1810 por 4.000 hombres al mando del conde Cafarely, responsable de las tropas francesas del norte de la Península, que advirtió de la posibilidad de que el lugar se convirtiera en un segundo Cádiz. Durante la ocupación se edificaron y rehabilitaron una serie de fortificaciones que comprendían cinco castillos (San Carlos, el Solitario, Galván Alto, Galván Bajo y San Martín), tres baterías (Pasaje, la Cruz y Molino de Viento) y una plaza de armas para defender el frente de tierra: el fuerte imperial o fuerte de Napoleón, de estructura semiestrellada. Acabada la contienda, sin embargo, las infraestructuras bélicas fueron abandonadas y la importancia del enclave no fue tomada en consideración durante décadas.

En el plano administrativo, en el marco del Trienio Liberal (1820-1823), Santoña se constituyó como ayuntamiento, integrado en el partido judicial de Laredo –en 1835 pasó a Entrambasaguas y en 1885 se transformó en cabeza de partido.

En 1823 la villa volvió a ser objeto de una nueva incursión francesa, esta vez protagonizada por tropas pertenecientes al ejército conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis, enviada con el objeto de poner fin a la experiencia liberal. Las descargas de la armada provocaron entonces la caída del peñón rocoso conocido como ‘El Fraile’.

Atendiendo al aspecto urbanístico, a mediados del XIX Santoña no se había integrado todavía en la economía mercantil y ofrecía un aspecto rural de grandes huertas que cercaban las viviendas, similar al que había tenido desde su nacimiento en la Edad Media. En aquel tiempo la villa se estructuraba en dos sectores: uno dispuesto junto a la playa y otro conocido como Santoñuca, en torno a Santa María del Puerto, de la cual partían dos vías formadas por las calles de la Iglesia y Colino (Alfonso XIII) y San Antonio y Cantal (Manzanedo); un tercer barrio estaba situado junto a la playa. El poblamiento disperso que había caracterizado la localidad a lo largo de la Edad Moderna empezó a cambiar a mediados del XIX. Las transformaciones comenzaron en 1842, cuando se aprobó la Real Orden que contenía el Plan de Reestructuración de Santoña y consideraba el lugar como plaza fuerte de segundo orden; esta medida atrajo a numerosos miembros de los cuerpos de Infantería, Artillería e Ingenieros, que residieron en la zona hasta 1931 (en aquella fecha fue disuelto el cuartel de Artillería). El proyecto de reforma urbanística, proyectado por el capitán de ingenieros Celestino del Piélago, no fue llevado a efecto en su integridad (tanto por obrar sobre un espacio ya construido como por incluir sectores que habían de ganarse al mar). Sin embargo, contribuyó a modificar radicalmente el aspecto de la villa, que quedó transformada en una población compacta y ortogonal, protegida por fortificaciones y dotada de nuevos muelles. En 1859 se destinaron fondos del Crédito Extraordinario de Guerra con los que se financió la construcción de los cuarteles de artillería e infantería en el Pasaje, la conclusión de la escollera de cierre del frente marítimo de la bahía, el primer término de muralla, la batería del Pasaje y el fuerte de San Martín. En 1865 se elaboró el plan definitivo de reforma del puerto obra del ingeniero militar José de Peñarredonda (el puerto fue ampliado en 1950, sobre un plan del ingeniero Bengoa).

En los últimos años del siglo, Santoña empezó a declinar como plaza militar al revelarse inútil su sistema defensivo frente a los nuevos armamentos. En 1893 se redujo la guarnición, el Gobierno Militar de la provincia se trasladó a Santander y muchas de las instalaciones militares fueron vendidas a particulares. En aquel tiempo, la villa despegó como puerto pesquero. En cierta medida los introductores de esta práctica fueron los numerosos pescadores vascos que recalaron en el lugar durante la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Su actividad dio lugar a las primeras fábricas conserveras fundadas por personalidades locales, entre las que se contaban Carlos Albo Kay y José de la Fragua Rozas, conocedores de las nuevas técnicas (en la década de los ochenta se contaban cuatro conserveras y dos escabecheras). En aquellos años llegaron también a Santoña y otros puertos del Cantábrico numerosos salazoneros italianos, fundamentales en la expansión de una industria, que vio abiertas las puertas a la exportación y conoció un nuevo producto de gran futuro: la anchoa en salazón (de hecho la salazón desbancará al escabechado como sistema de conservación del pescado en éste y el resto de los puertos de Cantabria). La falta de cofradía de pescadores hasta fecha tardía, con la libertad de mercado que este hecho implica, la disponibilidad de un buen puerto que ya no servía para abastecer a las tropas y la rápida adopción del vapor fueron algunos de los factores que obraron de manera decisiva a favor de la rápida expansión de la industria conservera. El desembarco de las conserveras también contribuyó a transformar la estructura urbana al oeste del municipio, y en 1883 el Ayuntamiento vendió solares ganados al mar entre las calles de la Dársena y la Ribera, a fin de que sobre ellas se instalaran las fábricas.

En 1892 se creó la primera institución corporativa dirigida a estos profesionales: la Sociedad de Socorros Mutuos de los Matriculados del Mar de Nuestra Señora del Puerto, y entre 1908 y 1914 Santoña sobrepasó a Laredo y Castro Urdiales; en 1914 se convirtió en líder regional con 23 establecimientos conserveros (la primera Guerra Mundial también contribuyó de manera decisiva a la expansión de estos productos). En la década de los veinte se transformó en sede de la Federación de Fabricantes de Conservas del Litoral Cantábrico; en 1931 había en Santoña 40 establecimientos: 16 de conservas y 24 de salazón.

Santoña no quedó al margen de los avatares políticos que influyeron en el conjunto del Estado, y la Guerra Civil también afectó profundamente a la localidad, que fue escenario de un hecho que llegaría a alcanzar gran trascendencia política e ideológica: la rendición de los batallones nacionalistas vascos. La rendición se produjo en el marco del llamado ‘Pacto de Santoña’, que tuvo lugar en 1937. En las primeras semanas de verano, tras la caída de Bilbao y las últimas plazas que controlaba el gobierno vasco, los batallones de gudaris que combatían junto al ejército republicano en Cantabria empezaron a replegarse a Laredo, Santoña y su entorno, siguiendo órdenes del PNV. Se cumplía así el acuerdo negociado con el mando italiano por Juan de Ajuriaguerra, presidente del Bizkai Buru Batzar, que había ignorado el parecer del lehendakari José Antonio Aguirre. El día 22 de agosto habían quedado convenidas la evacuación de los dirigentes políticos y la consideración de presos de guerra de aquellos militares que se rindieran a los italianos; los acontecimientos se desarrollaron, sin embargo, de otro modo. El pacto no fue respetado y tanto los dirigentes políticos como las tropas (el día 25 se habían entregado una docena de batallones y el 26, 8.000 hombres que esperaban huir en los buques ingleses Boby y Seven Seas) integradas por soldados de diversa filiación política pasaron a ser presas del ejército de Franco y fueron internados en El Dueso. Hacia noviembre, cerca de 11.000 personas habían sido puestas en libertad, 5.400 constaban en batallones de trabajo, 5.600 estaban en prisión y se habían dictado 510 sentencias de muerte.

Después de la Guerra Civil, Santoña y su industria pudieron recuperarse. En la década de los sesenta la flota contaba con alrededor de seiscientas embarcaciones y operaban 43 empresas conserveras. Sin embargo, esta industria depende de un factor tan variable como el volumen de capturas y, después de varias temporadas especialmente buenas (el 5 de abril de 1960 se desembarcaron más de un millón y medio de kilos de bocarte), se produjo un desplome inusual en las décadas siguientes que redujo el número de conserveras hasta 29 en 1998, que aún así seguían representando casi la mitad del total regional.

 

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Tomo 723, Folio 165, Sección 8ª, Hoja S11607, Inscripción 1ª     Aviso Legal / Política de privacidad/ Política de Cookies