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EnAntiguo lavadero de El Astillero. el poblamiento prehistórico del Alto del Gurugú se encuentra una amplia secuencia de ocupación que se inicia en el Paleolítico Superior, continúa en el Neolítico y alcanza la Edad del Hierro. De época romana se han recuperado numerosos materiales en el entorno de El Astillero, algunos de ellos junto a restos de estructuras. Los más significativos se han localizado en el macizo de Peñacabarga, en Maliaño y en diversos puntos de Santander, bajo cuya catedral se descubrieron unas termas romanas que se considera pertenecieron al Portus Victoriae Iuliobrigensium.

Un documento fechado en el año 857 y emitido por el rey de Asturias Ordoño I, para confirmar a la iglesia de Oviedo las donaciones realizadas por sus predecesores, prueba la presencia, ya en la Alta Edad Media, de dos monasterios situados a ambos lados de la ría de Solía, que portaban el nombre de Muslera, uno de ellos fue germen del núcleo urbano.

Llegado el año 1570, en pleno cenit del imperio español, Felipe II eligió la villa de Santander como base para de formación y equipamiento de sus armadas y diez años más tarde, en 1581, encomendó a Cristóbal de Barros, superintendente de Fábricas, Montes y Plantíos en la costa Cantábrica, la construcción de una serie de nueve galeones para la llamada Carrera de Indias: la flota que traía anualmente al continente europeo, las riquezas extraídas en las colonias americanas. De Barros escogió Guarnizo por su estratégica localización, en un nudo en el que concurrían las comunicaciones con la Meseta, Vizcaya y Asturias, fácilmente defendible por estar en un lugar resguardado, en un extremo de la bahía de Santander. Tras concluir las embarcaciones solicitadas en 1584, el astillero de Potrañés en Guarnizo se ocupó de reparar las embarcaciones que sobrevivieron al fracaso de la operación bélica de la llamada Armada Invencible en 1588 y, más tarde, recibió el encargo de construir seis nuevos galeones.

A lo largo del siglo XVII, la actividad naval se mantuvo, si bien, los mayores pedidos fueron a parar a Colindres, cuyos astilleros se mantuvieron a la cabeza de la región hasta comienzos del XVIII. En 1694 se produjo un hecho de trascendencia en la historia del municipio: el traslado de las instalaciones principales de Potrañés al lugar llamado La Planchada, donde se localizaba el barrio conocido como ‘El Astillero’.

En el primera mitad del siglo XVIII los astilleros conocieron una época de esplendor de la mano del noble trasmerano Juan Fernández de Isla y Alvear, quien contrató la construcción de los buques de una nueva escuadra a los astilleros de Guarnizo, cumpliendo órdenes del Marqués de la Ensenada, Zenón de Somodevilla y Bengoechea. La actividad constructora de éste y otros astilleros cántabros se eclipsó, sin embargo, a partir de la segunda mitad del XVIII, en beneficio de El Ferrol. Esta localidad gallega había sido declarada por Felipe V, en 1726, capital del Departamento Marítimo del Norte y había acogido la instalación de un arsenal y un astillero en La Graña. En 1749, su sucesor Fernando VI reforzó la posición de El Ferrol al disponer la erección en la ensenada de Caranza, en la ribera oriental del monte de Esteiro, de los talleres de construcción naval más importantes del norte peninsular y un año más tarde de un moderno arsenal.

A pesar de los vaivenes descritos, que evidencian la alternancia de periodos de intensa actividad y encargos con otros de crisis y parálisis, a lo largo de la Edad Moderna fueron muchos e importantes los buques salidos de los talleres de El Astillero. Dos de ellos, el San Juan Nepomuceno (1766) y el Real Felipe (1731) –considerado uno de los mejores de su época, con más de un centenar de cañones y tres palos mayores–, han pasado a la historia de la Marina española por su participación en célebres batallas navales como la de Trafalgar.

En la primera mitad del XIX, desaparecida la primacía de los astilleros, la zona conoció unas décadas como lugar de descanso de las clases acomodadas, atraídas por las virtudes medicinales de la fuente de La Planchada (La Fuentuca). En la segunda mitad del siglo, por el contrario, el lugar se transformó en un centro industrial, merced a la conclusión de varias líneas de ferrocarril –entre ellas una que transportaba hierro de las minas de Cabárceno a la bahía– y la fundación de dos refinerías de petróleo: ‘La Cantábrica’, en 1881, y otra dependiente de la casa Desmarais Hermanos. A comienzos del siglo XX, en 1913, la construcción naval regresó al lugar de la mano de Bernardo Lavín, cuyo taller devino con el tiempo en los ‘Astilleros Santander’ (ASTANDER).

En el plano institucional, en 1793 se constituyó la Nueva Población del Astillero de Guarnizo y en 1871 Guarnizo, con su barrio de Boo, hasta entonces dependiente del Real Valle de Camargo, solicitó su segregación y se incorporó al municipio de El Astillero. Siempre ha pertenecido al partido judicial de Santander.

La actividad naval ha continuado hasta la actualidad, sobreviviendo a profundas crisis y reconversiones. A comienzos del siglo XXI, el peso de la economía local recae en buena medida en las pymes, muchas de ellas surgidas al amparo de la construcción de buques. Por otro lado es de reseñar que el municipio se ha consolidado paulatinamente como núcleo residencial del área metropolitana de Santander.

 

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Tomo 723, Folio 165, Sección 8ª, Hoja S11607, Inscripción 1ª     Aviso Legal / Política de privacidad/ Política de Cookies