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Torrelavega historia escudo de Torrelavega
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De época prehistórica se documentan escasos hallazgos repartidos entre los pueblos de Tanos, donde hay constancia de útiles del Paleolítico Inferior o Medio, y de Viérnoles, en el que se encontraron cerámica del Bronce o Hierro y pinturas esquemáticas. Pero es en otros yacimientos arqueológicos localizados en las cercanías del municipio, como es el caso del monte Dobra, que se eleva en el extremo sur del municipio, o de cuevas próximas, como por ejemplo la de Altamira, en Santillana del Mar, y la de La Clotilde, en Quijas (Reocín), entre otras muchas, en los que se constata la presencia humana en los albores de la historia de esta zona de vega y sus inmediaciones.

Además, uno de los descubrimientos más recientes desde el punto de vista arqueológico fue el yacimiento al aire libre localizado en las terrazas del río Besaya en el transcurso de la construcción de la autovía Santander-Torrelavega. Aquí se recuperaron lascas y núcleos líticos que prueban la ocupación de la zona, de la misma forma que otra serie de huellas hacen suponer el paso de los romanos por este territorio. En este sentido, la calzada que enlazaba la meseta castellana, Pisoraca (Herrera de Pisuerga), con el Portus Blendium (Suances) pudo atravesar el territorio torrelaveguense tras pasar por la ciudad de Julióbriga (Campoo de Enmedio) antes de adentrarse en el valle del Besaya. Sin embargo, el poblamiento no debió de ser intenso, a la vista de los escasos hallazgos arqueológicos. De época romana, el testimonio más significativo se produjo en el pico Dobra, lindante con las vertientes de Buelna, donde se halló una estela dedicada al dios indígena Erudino, que tradicionalmente se fechaba en el 399 d. C., aunque recientes investigaciones han confirmado, sin embargo, que data del 23 de julio del año 161 d. C. El Ara original fue trasladada en 1925 por Hermilio Alcalde del Río al Museo Arqueológico de Santander, aunque una reproducción de ella, en bronce, luce desde el año 2000 a la entrada de la Plaza de Abastos por la calle Serafín Escalante.

Es a partir de la Edad Media cuando se comienza a documentar mejor la historia de la villa de Torrelavega. A finales del siglo XIII ya se cita la aldea de la Vega, atribuyéndose su fundación a la familia de los Garcilaso de la Vega. El patriarca de este linaje, Garcilaso I, apodado ‘El viejo’, ostentaba el cargo de Adelantado Mayor de Castilla en la época de Alfonso XI y fue quien consolidó este señorío de las Asturias de Santillana. En el que hoy es el corazón de la ciudad –entonces solar de la Casa de la Vega– se construyó a principios del siglo XIV una torre en torno a la cual se consolidó el núcleo. Fue sede y capital de sus dominios y en ella se concentraba el poder administrativo y judicial. Precisamente la conjunción de los dos términos fue el origen toponímico de la villa mercantil e industrial conocida desde el siglo XVIII como Torrelavega. Esta fortaleza correspondía al tipo clásico de torre feudal de planta cuadrada, fuertes muros de mampostería, sillería en los esquinales y coronación almenada. Con el paso del tiempo creció, convirtiéndose en un palacio formado por un conjunto de dependencias en torno a un patio central, que también era conocido como ‘corral o corralón de la Vega’.

Tras la muerte del cabeza de familia, sus dos hijos heredaron el poderío. Garcilaso I fue víctima en 1326 de una rebelión en Soria que acabó con su vida. A dicha ciudad había acudido este valedor de Alfonso XI en busca de aliados contra el poderoso infante Juan Manuel, protagonista de múltiples tropelías en los territorios del monarca. Pero la traición se cruzó en su camino cuando se dirigía a oír misa en la iglesia de San Francisco. A golpe de ballesta fue ejecutado y despedazado. Como respuesta, el rey Alfonso XI, apodado ‘el Justiciero’, ordenó dar castigo a los principales culpables de este asesinato.

Uno de los descendientes de Garcilaso I, Gonzalo Ruiz de la Vega, destacó en la Batalla del Salado (1340) por su valía y entrega. Cuenta la leyenda que mató al moro que arrastraba atada a la cola de su caballo la enseña cristiana del ‘Ave María’, la misma que después llevaría en su escudo, y que con el tiempo se haría extensible a su familia y a la villa, manteniéndose en la representación heráldica actual de la ciudad. Como compensación y en gratitud por su hazaña bélica, que contribuyó a vencer a los musulmanes, Alfonso XI le concedió el señorío de los valles de las Asturias de Santillana. Desde entonces, pasaría a la historia con el apodo del ‘Caballero del Ave María’.

En aquella batalla participó también su hermano, Garcilaso II, quien prosiguió en sus acciones guerreras, hallando la muerte en circunstancias similares a las de su padre. Fue asesinado por Pedro I ‘El Cruel’, hijo de Alfonso XI –a quien sucedió en 1350– a causa de una intriga dirigida contra él en 1351 en Burgos. Por aquel entonces, el rey, que quería reavivar la guerra que sostenía con su hermanastro Enrique de Trastámara, no atendió a las recomendaciones de Garcilaso II de evitar la lucha ante el cansancio y la escasez de sus tropas, y, mal aconsejado por el duque de Alburquerque, se puso en contra del torrelaveguense, retirándole el favor real y ordenando su ejecución inmediata. La misma suerte corrieron algunos de los fieles del de La Vega. Su hijo, el tercero de los Garcilaso, fue la continuación de esta saga. Aunque durante su minoría de edad tuvo que refugiarse en las Asturias de Oviedo para protegerse de los peligros que le acechaban a él y a sus pertenencias, superada ésta participó también en los continuos enfrentamientos entre los vástagos de Alfonso XI: Pedro y Enrique.

Fue un hombre muy poderoso en su época. Contrajo matrimonio con una mujer de gran belleza, María de Mencía, fruto del cual nació su hija Leonor de la Vega. Sobre el desenlace último de este caballero hay dos hipótesis distintas, pues si bien hay quien apunta que murió cómodamente en su casa de la torre de la Vega, también hay quien señala que siguió la huella de sus antepasados y perdió la vida de forma violenta en la batalla de Nájera, defendiendo los intereses de su rey Enrique de Trastámara, cuando la guerra civil con su hermano estaba tocando a su fin.

En cualquier caso, lo que sí quedó claro es que legó todas sus propiedades a su única hija, Leonor, una mujer hermosa y con carácter que continuó con el esbozo de aquella pequeña ciudad que su padre había iniciado en La Vega, convirtiéndose en una de las mujeres más poderosas del momento. Este poder no sólo le vino por la vía hereditaria, sino también por la matrimonial, pues gracias a sus dos provechosos enlaces aumentó aún más sus dominios. Su primer esposo fue Juan Téllez, hijo del infante don Tello y sobrino, por tanto, del rey Enrique II y nieto de Alfonso XI.

Juan Téllez no sólo había heredado de su progenitor los realengos de las merindades de Liébana y de Aguilar, sino que en 1371, además, había recibido de Enrique II, en donación por vía de mayorazgo, entre muchas posesiones, las tierras de Liébana.

De su matrimonio con Leonor de la Vega nacieron dos hijos: Juan y Aldonza, de los cuales el varón recibió las heredades de su padre tras la muerte de éste en la batalla de Aljubarrota –que significó la separación de Portugal de la Corona de Castilla–. Sin embargo, éste falleció joven y sin haber tenido descendencia.

Esta circunstancia llevó a que el señorío de Liébana pasara nuevamente a manos del rey, si bien, como perteneció a don Tello, continuaba en la línea familiar y retornó a Aldonza.

Después de haber enviudado, Leonor de la Vega se casó en segundas nupcias hacia el año 1387 con un miembro de otra noble y rica familia, Diego Hurtado de Mendoza ‘El Almirante’, viudo de María de Castilla, la hija del monarca Juan I. Fruto de este casamiento –que supuso también la unión de sus dos colores representativos (rojo, de los Mendoza, y verde, de la Vega), mantenidos hoy en las franjas horizontales de la bandera de Torrelavega– vinieron al mundo otros dos pequeños, aunque el mayor de ellos falleció, quedando Íñigo López de Mendoza como único heredero tras la muerte de Diego, en 1405.

Su madre, Leonor, luchó por preservar el patrimonio familiar. Se encargó de adecentar y restaurar la torre de la Vega, dotándola de bellos jardines y diferentes dependencias a su alrededor y agrandando así la población residente en aquel antiguo corralón. En torno a esta torre se centralizó a partir de la constitución del Marquesado de Santillana la administración de todo el señorío, que abarcaría el territorio de la villa y los de la Honor de Miengo y Polanco. Íñigo López de Mendoza, que fue nombrado primer marqués de Santillana en 1445, se había casado en 1414 con Catalina Suárez de Figueroa, señora de Escamilla. Entre su numerosa descendencia destacó la figura de Diego Hurtado de Mendoza –llamado como su abuelo–, quien llegó a ser primer duque del Infantado, título concedido por los Reyes Católicos en 1475, y segundo marqués de Santillana.

Los dos hijos de Leonor de la Vega, fruto cada uno de sus dos matrimonios, tras el fallecimiento de ésta, en 1432, protagonizaron sangrientas disputas por motivo de su herencia.

Entre los siglos XVI y XVIII el lugar que ocupa hoy el municipio torrelaveguense dependió de la casa ducal del Infantado. No tuvo repercusión en esta zona la resolución del Pleito de los Valles, mediante el cual los demandantes obtuvieron su independencia de los señores del Infantado tras un largo proceso. Durante esta época, en las tierras de la villa se susbsistía gracias a las explotaciones agrícolas y ganaderas. Sin embargo, a partir de 1753 la vida económica y administrativa de Torrelavega se transformó, abriéndose paso la actividad industrial, que estuvo favorecida por la liberalización del comercio colonial y por la apertura de nuevas vías de comunicación. Precisamente, uno de estos caminos determinantes en la historia de esta ciudad fue el ‘camino harinero’ de Reinosa, abierto por aquel entonces.

Además, el Real Decreto de 1778, mediante el cual se habilitaba el puerto de Santander para el libre ejercicio del comercio de ultramar, convirtió a Torrelavega en enlace con varias de sus vecinas provincias castellanas.

A finales del siglo XVIII se comenzó a trazar la carretera Santander-Asturias, que atravesaba la capital del Besaya y daba lugar al actual cruce de ‘Cuatro Caminos’. Esta situación favoreció la instauración de un mercado de ganado que aún perdura en la actualidad y que en sus orígenes se celebraba los lunes, habilitándose con el paso del tiempo un recinto ferial para albergar esta cita ganadera.

En el siglo XIX se potenciaron aún más las comunicaciones, con la llegada del ferrocarril que unía la capital cántabra con Alar del Rey (1858) y, más tarde, año 1895, del ferrocarril del Cantábrico (Santander–Oviedo).

La incipiente industrialización surgida en la villa en la segunda mitad del siglo XVIII (fábricas de harinas y establecimientos comerciales de telas y comestibles en torno a aquel primitivo cruce de caminos) alcanzó en las centurias siguientes sus momentos de esplendor. Uno de los elementos favorecedores de este desarrollo fue la consecución de la independencia de los Duques del Infantado en el periodo constitucional. En 1822 la villa quedó dividida en dos municipios, el de Torrelavega y el de Viérnoles, mientras que el lugar de Barreda quedó incorporado al Ayuntamiento de Polanco. Sin embargo, esta distribución se prolongaría tan solo hasta 1835, año en el que tanto Viérnoles como Barreda se integraron en los límites del término municipal de Torrelavega, tal y como se mantiene hoy en día.

Para entonces, la famosa torre a partir de la cual surgió la actual denominación de esta ciudad había caído en el abandono, hasta terminar sumida en la ruina. Sus restos pasaron a formar parte del edificio de la iglesia de la Consolación, aunque al ser derribada ésta durante la Guerra Civil los últimos vestigios de la ancestral torre desaparecieron.

Entre los hitos que marcaron el progreso económico de Torrelavega en el siglo XIX figura el descubrimiento de la mina de zinc de Reocín, en 1856. En el año 1898 se instaló Azucarera Montañesa, después transformada en Lechera Montañesa –cuyo recinto fue habilitado para acoger a finales del siglo XX la Feria de Muestras de Cantabria–, y ya en 1904 comenzó en el municipio la construcción de las instalaciones de la empresa belga Solvay, dando lugar a una importante fábrica de producción de sosa cáustica.

Estas industrias, unidas al mercado y a los múltiples negocios comerciales que fueron aflorando, gestaron la nueva Torrelavega, dejando atrás aquella villa agraria que fue para, con el tiempo, llegar a convertirse en el segundo centro económico de la región que aún hoy es. Como contribución a esta época de apogeo industrial, ya entrado el siglo XX se produjo el progresivo asentamiento de otras destacadas empresas, entre ellas Sniace. Este progreso, reflejado tanto en el ámbito demográfico como en el económico, se vio refrendado por un acontecimiento histórico excepcional para Torrelavega: la concesión por parte de la reina María Cristina del título de ciudad el 29 de enero de 1895.

 

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Tomo 723, Folio 165, Sección 8ª, Hoja S11607, Inscripción 1ª     Aviso Legal / Política de privacidad/ Política de Cookies